El dolor no es eterno; el problema es llegar al momento en que las agujas del reloj marquen los últimos 40 segundos de una vida. Se puede sonreír por fuera, mientras por dentro la angustia estruja el corazón y la cabeza da vueltas de tanto pensar. Se puede desaparecer durante días o semanas enteras con el mismo dolor, encerrarse en una habitación oscura, con la soledad fría como única compañera, sin que nadie lo perciba. Se pueden detener los mensajes y silenciar las llamadas para no oír el ruido de la vida cotidiana. Se puede querer hablar durante mucho tiempo, desear que la voz sea escuchada y que la empatía se convierta en un abrazo de esperanza para salir de ese sueño amargo. Por favor, despierta antes de que sea demasiado tarde, porque cuando esa vida cruce el hilo final de la historia, ya será parte de esos 40 segundos que marcan las agujas del reloj. Y nada será suficiente. ⌚️
Cuando no deseo ir a entrenar, aparecen varios pensamientos: que el lugar está muy lejos, que ya es tarde, que las piernas me van a doler, que el cuerpo no quiere ni moverse. Es ahí cuando mis pensamientos entran en una confrontación permanente y las palabras resuenan llenas de dolor. Solo quisiera quedarme encerrado. En esa disputa constante, mi mente insiste en decirme: “No puedes quedarte quieto. Mira cuánto has logrado, cuánto has entrenado, cuánto has trabajado. ¿Acaso vas a abandonar por circunstancias que no puedes controlar?”. Puedes llorar un rato si lo necesitas, pero la vida sigue. No te puedes quedar acá sentado sin hacer nada, esperando no sentir el dolor. Grita por un momento y luego respira hondo, límpiate las lágrimas y sal, porque la vida es bella.
Le escribió para volverse a ver; ella respondió: “Está bueno”. Su rostro se iluminó. No podía ocultar la felicidad mientras sonaba la música de ellos dos. Llegó el día del encuentro; la vio sentada en el lugar de siempre, frente al mar. Estaba nervioso: sus manos sudaban y el miedo se apoderaba de su cuerpo. El corazón le latía como si fuera a salirse del pecho ante la certeza de que ya no podían estar juntos. Quiso dar media vuelta e irse, pero esta vez no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad, después de tantas ocasiones fallidas. Caminó hacia donde estaba ella. Se saludaron, charlaron de tantas cosas; se tomaron de las manos de vez en cuando. Rieron de lo vivido juntos y de las nuevas historias tras la separación. En esta ocasión no hubo reclamos ni justificaciones absurdas sobre quién tenía la culpa, ni reproches por el inmenso sufrimiento de perderse el uno al otro. Cuando el sol se ocultaba y la noche llegaba, comprendieron que el atardecer volvía a abrazarlos, anun...
Terrible, pero muy cierto
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