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Mostrando las entradas de enero, 2024

PÉTALOS MARCHITOS

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Tomó asiento para oír los versos frente al escenario, observar los gestos sutiles en cada palabra y contemplar cómo la luz bañaba su figura. Luego, conversaron sobre sus recuerdos durante toda la noche. Mientras sonaba una música suave, una atmósfera romántica acariciaba el lugar; afuera, las lámparas iluminaban las calles ya solitarias de la madrugada. El frío, la oscuridad y aquella flor de pétalos marchitos los acompañaron como testigos del encuentro. El amanecer avanzaba, dictando el fin de aquel sueño de la adolescencia. Sus ojos soltaron lágrimas que opacaban su mirada; las manos entrelazadas se negaban a soltarse, como si suplicaran que la noche fuera eterna. Pero la realidad era inevitable: aquel amor no podía ser. Un beso y un abrazo sellaron la despedida de dos seres que se entregaron al destino, esperando que la vida los volviera a encontrar.

LA CANCHITA

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Un desconocido transita las calles del barrio, observa, se sienta en la vereda. Mientras ve pasar gente de forma apresurada en su mundo individual, a pesar de vivir en una sociedad colectiva, los autos pasan a gran velocidad. Mientras todo esto transcurre, él sonríe. Se levanta, camina hacia la tienda, pide un bolo con pan y se vuelve a sentar en la vereda con su nueva compañía. Las personas lo quedan viendo, se asoman por las ventanas y murmuran entre sí. Empiezan a hablar de la persona extraña sentada en la vereda, y sin comprender por qué, él sonríe al preguntarse por qué hizo esa compra común, pero extraña a la vez. Un bolo con pan que de niño compartía con sus amigas y amigos del barrio, cuando se juntaban en la vereda a platicar cómo les fue el día en la escuela, lo difícil o fácil que resultó ser la tarea, que vieron en la televisión, que escucharon en la radio y que revistas habían leído (casi todos habían leído Condorito, una revista popular de la época, que cuando el vecino ...

ESPERANZA

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Las gotas de lluvia caen sobre el techo lentamente hasta que, de pronto, fuertes vientos golpean las ventanas y el retumbar de los truenos hace estremecer el cuerpo. Cisne se asusta por el estruendo; se esconde bajo la cama y llora sin parar. Se acerca e intenta calmarla: la acaricia, la abraza y le susurra que todo va a estar bien. Lo que empezó como una lluvia tranquila se transformó en una tormenta incesante que, aunque apenas dura media hora, parece una eternidad.   Desde la ventana se observan las calles anegadas. Algunas personas corren para llegar a su destino, mientras otras esperan bajo cualquier refugio a que pase lo peor. Los árboles se sacuden de un lado a otro, como si el viento fuera a arrancarlos de cuajo. Los automovilistas hacen sonar sus bocinas, presurosos por avanzar, mientras algunos vehículos quedan varados en mitad de la calle.   De pronto, todo queda a oscuras. Solo se ven luces intermitentes en la cuadra, como escenas de una película de terror. Los rel...

EL BESO

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Por meses vivió en su casa: cocinaban juntos, caminaban de la mano y compartían sus sueños. Una mañana despertó, besó sus labios tiernos y, con voz baja, le dijo: —Seamos amantes. Ya tengo pareja.

AMARGO CAFÉ

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Su cabello ya mostraba algunas canas. Visitaba todos los días la cafetería de la esquina y ocupaba la mesa número siete, junto a la ventana. El camarero, sin preguntar, se acercaba siempre con el café más amargo.   Un día, el camarero le preguntó: —¿Por qué viene todos los días, a las siete de la tarde, se sienta en el mismo lugar y toma el mismo café amargo?   Él respondió: —La vi por primera vez hace veinticinco años, justo en este mismo lugar, a esta misma hora. Aquel día pedí un chocolate caliente.   Desde entonces, volví cada día a la misma hora. No importaba el clima ni las fiestas; siempre pasaba por la vereda que daba a la ventana.   Al séptimo mes, un auto apagó su vida frente a mis ojos.   Desde ese momento, pedí el café más amargo… porque nunca le dije lo que sentía ni todo lo que provocaba en mí.