ROMPIENDO EL SILENCIO
Le escribió para volverse a ver; ella respondió: “Está bueno”. Su rostro se iluminó. No podía ocultar la felicidad mientras sonaba la música de ellos dos.
Llegó el día del encuentro; la vio sentada en el lugar de siempre, frente al mar. Estaba nervioso: sus manos sudaban y el miedo se apoderaba de su cuerpo. El corazón le latía como si fuera a salirse del pecho ante la certeza de que ya no podían estar juntos.
Quiso dar media vuelta e irse, pero esta vez no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad, después de tantas ocasiones fallidas.
Caminó hacia donde estaba ella. Se saludaron, charlaron de tantas cosas; se tomaron de las manos de vez en cuando. Rieron de lo vivido juntos y de las nuevas historias tras la separación.
En esta ocasión no hubo reclamos ni justificaciones absurdas sobre quién tenía la culpa, ni reproches por el inmenso sufrimiento de perderse el uno al otro.
Cuando el sol se ocultaba y la noche llegaba, comprendieron que el atardecer volvía a abrazarlos, anunciando la despedida.
Acariciaron sus mejillas; sus manos se aferraron con fuerza. Se dieron un abrazo infinito mientras la bocina del taxi anunciaba su presencia.
Él no se movió. Solo observó cómo el vehículo se alejaba a lo largo de la avenida, en medio de la noche, llevándose al amor de su vida. La brisa abrazaba su cuerpo en la soledad, mientras las olas rompían una y otra vez.
Entonces entendió que él también podía hacerlo.

Mucho trámite para entrar a leer, poner un link mucho más directo.
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